Capítulo 14
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Capítulo 14



Dos de la mañana. No conseguía dormirme. Tres de la mañana. Seguía despierta. A ratos me sentía ansiosa, luego preocupada, después empezaban las dudas. Las fotos del sótano continuaban esparcidas sobre la colcha de mi nueva cama parisina. Me asaltaban sentimientos contradictorios: el deseo de descubrir el porqué de estas fotos de Alice (sobre la que estaba convencida de que estaba dirigiendo mi vida desde que salí de Madrid), y, por otra parte, el miedo de penetrar en una vida que no era la mía.

París a esas horas de quietud es el lugar perfecto para la melancolía. Me quedé por tanto en mi cama, desvelada, esforzándome por poner movimiento a todas esas imágenes. Las fotos invitaban a seguir sus pasos. A bailar, a brindar, a desnudarse. Yo, que había sido tan recta, tan mansa, tan ordenada con mi agenda y tan torpe para amar... Por desamparo más que por ganas, la verdad. Decidí levantarme de la cama para salir al salón a recostarme en el sofá del ventanal que daba al río, vivir en París y no mirar al Sena es un delito, aquella noche estaba tan hermoso que hipnotizaba, pero luego cambié de opinión: la tranquilidad que me daban las sábanas calientes acabó por vencerme. A las siete de la mañana me levanté y me vestí y desvestí varias veces para hacer tiempo. A las ocho bajé a la calle, no eran horas. Había previsto volver a casa de Mathieu Ardisson para sacar información de aquellas fotos del sótano. Quería saber de qué mujer estábamos hablando, seguramente, si posaba con tanta desenvoltura, aquella tienda tenía más historia de la que yo presentía.

Me planté en casa del periodista sobre las diez de la mañana.

—Señor Ardisson, buenos días.

—¿Quién es?

—Soy… —dudé de cómo explicarme—. Soy una periodista española que ha venido a vivir a París y me han dado su nombre.

—¿Qué es lo que desea?

—Tengo unas fotografías de una mujer de los años veinte. Me han dicho que usted podría estar interesado.

La puerta se abrió. Su interés por mis fotografías fue paralelo a su hospitalidad. La música que sonaba en casa de Mathieu Ardisson era envolvente, algo clásico que no supe distinguir a pesar de mis obligadas clases de solfeo desde los diez años.

—L’art du violon, Pierre Baillot.

Me había quedado callada al escuchar las notas.

—Sí… —respondí atenta a la música.

—Pase, señorita…

—Teresa, Teresa Espinosa.

—Siéntese. La escucho. Empecemos desde el principio. De modo que sabe usted que colecciono fotografías de principios de siglo…

Había podido averiguarlo al buscar su nombre en Google, él era un historiador que había hecho verdaderos milagros recopilando y ordenando gran cantidad de material fotográfico de archivos, bibliotecas y coleccionistas particulares, además había organizado varias exposiciones importantes y recorría diariamente antiguas galerías de arte, la mayoría cerradas al público, para sumar fotografías a su colección.

—Si hay algo que me gusta de París es pasear por las orillas del Sena, me gusta mucho mirar a los bouquinistes —arranqué a hablar para romper el hielo—, fundamentalmente a los que exhiben fotos de época…

—Sin embargo, esas imágenes son la mayoría copias, no son buenas. Las pequeñas tiendas del Sena son un lugar ciertamente hermoso, pueden encontrarse pequeñas joyas, normalmente revistas de moda o libritos con anotaciones curiosas. Pero le aseguro, créame, que lo demás es puro turismo, coquetería hecha para los que buscan el París de la torre Eiffel o la Amélie del cine. Creen que todos cocinamos crepes o andamos silbando canciones de Gainsbourg. Pero es bonito, sí, es bonito. Las ciudades que conservan su pasado enfocan mejor su futuro. Eso sucede con París.

—He venido muchas veces y esta vez he decidido quedarme a vivir aquí.

—¿Vivir en París?

—Sí, es un sueño que arrastro desde hace años.

—Y ahora lo ha hecho realidad. ¿Cuál es el motivo? —me miró como si me conociera.

—No sé cómo explicarlo… Empezar de nuevo.

—Ah, bien. Eso siempre está bien —contestó Ardisson riéndose—. ¿Por qué?

—¿Quizá debería buscar otro argumento? —dije ante su mirada ladina.

—No, no. Suena bien. Ustedes los españoles y sus sueños de París…

Me agarré las manos nerviosa.

—Ha dicho que era periodista, pensaba que habría venido de trabajo…

—No, no. Me quedo. He decidido cambiar de vida, no sé si a mejor o a peor, pero necesitaba cambiar y quiero que sea aquí, no sé qué tiene esta ciudad que…

—La enamora —comentó él usando el tópico.

—… No estoy segura —contesté, totalmente consciente de mi necesidad de encajar en la conversación—. París no es un lugar, es un estado de ánimo.



Levanté la vista y vi a Mathieu Ardisson de pie junto al gran ventanal. Había descorrido las cortinas, era una inmensa cristalera que cubría toda la pared, desde ahí se podía ver a la conserje empujando los cubos de basura hacia la calle.

—Hábleme de sus fotografías.

Esperé unos instantes mientras se acercaba hacia las butacas marrones donde me había invitado a sentarme. Extendí tres de ellas sobre la mesa. Me miró fijamente sin disimular su interés.

—¿De dónde las ha sacado?

—De mi casa.

—¿Qué me está contando? —farfulló atropelladamente, los ojos se le iluminaron al acercarse a mirarlas de cerca.

—Sí, estaban en mi casa.

Su rostro se encendió. Me tomé mi tiempo y le observé como cogía una de las imágenes con absoluto mimo.

Pasamos varios minutos en silencio. Mathieu Ardisson había sacado una llamativa lupa cuadrada de su buró y repasaba ensimismado cada detalle de aquellas mujeres en blanco y negro que le había traído hasta su casa. No me miraba, pero yo disfrutaba viendo cómo no quitaba ojos de lo que calificó en voz baja como «pequeñas obras de arte».

Se sentó. Había estado ensimismado paseando con ellas en la mano por entre los muebles del salón. La música seguía sonando, los violines de Baillot. Rompí a hablar.

—Señor Ardisson… Estas fotografías han aparecido en mi sótano, debo contarle que he comprado un local que pretendo convertir, si Dios quiere, en una tienda; todavía no sé de qué, pero estoy decidida a reabrirla tal y como era. Me gustaría mantener la idea original. Estoy pensando en una restauración minuciosa para recuperar todo lo que se pueda y, no sé por qué, tengo la sensación de que esa mujer, la que aparece más veces en las fotografías, la tal Alice, es la que me ha traído hasta aquí. Como ve, todas tienen la dirección donde usted vive marcada al agua, fíjese bien… —le acerqué una hacia su mano.

Él asintió atusándose el bigote.

—Además aparecen esos nombres de mujer, Kiki, Treize y Alice… y su vida, por lo que puedo adivinar en las fotos, debió de ser fascinante. ¿No le parece? ¿Quiénes fueron? Es algo que no me quito de la cabeza, a lo mejor es porque me sobra tiempo y tengo esas manías de soltera independiente, ociosa y llena de horas libres, pero…

El señor Ardisson intentó arrancar a hablar pero desistió al verme empujada por las ganas de explicarme.

—Quiero decirle que yo antes era una mujer que cargaba con unos días de desánimo y otros de mal humor y ahora… es todo muy raro. No sé por qué le cuento esto. Me veo impulsada a más. Ya sé. Es una bobada, son solo fotos. Bueno…, no son solo fotos. Puede echarse a reír, pero por eso he venido hasta aquí. Llevo años queriendo ser feliz. Creerá que estoy desequilibrada.

Me escuchó en silencio mientras le contaba mi encuentro con el cartel, la música que sonaba en casa, las flores frescas, la inquietante presencia de Alice... Sin juzgarme. Su silencio fue mi abrigo. Y solo rompió mi soliloquio cuando vio que me había vaciado por completo.

—A menudo me he hecho la misma pregunta. ¿Qué nos empuja? Comprendo que usted esté sorprendida. Yo lo estaría.

—¿De verdad me comprende? —salté todavía apurada por haber hablado demasiado.

—Kiki, Treize y… Alice. La desaparecida Alice. Un día se esfumó y no se supo más de ella, se evaporó de la vida de este París.

El silencio nos envolvió a los dos y nos quedamos mirando las fotografías. Comprendí que Ardisson era el hombre adecuado. Estaba absorto ante mi galería de imágenes, impresionado. No era necesario que yo hablara… No debía hacerlo. Él tampoco lo hizo durante un buen rato. Lo que debía era encontrar respuestas y escucharle. Recorrió con los ojos todos los detalles, las poses y esa sonrisa indefinible de ella. La mirada del periodista se quedó perdida en un punto infinito.

—Veamos… Estas fotografías son de Man Ray y esta mujer es la borrada Alice.

—¿Qué quiere decir, señor Ardisson?

Habló muy lentamente.

—Para eso debo hablarle de Montparnasse —me contestó—. El centro del mundo —se corrigió—. Acompáñeme a la calle, va a entender la fuerza de esta mujer.

Ardisson cogió su paraguas y me invitó a bajar a la calle.

—Este París que tanto les gusta siempre está lluvioso, siempre está gris —dijo mientras daba dos vueltas de llave a la cerradura asegurándose después con un puntapié en el bajo de la puerta.

Me apreté a él para dejarme llevar por el bulevar protegidos del chaparrón que empezó a caer sobre nosotros. Las niñas rubias del otro día salieron disparadas a buscar cobijo metiéndose de portal en portal. Me miraron molestas. Yo me sentí extraña por ir del brazo de un hombre que acababa de conocer y que al mismo tiempo que me incomodaba me reconfortaba porque parecía ser la puerta a mis interrogantes. Tan solo cuando nos aproximamos al cruce de calles de las terrazas dejó de llover y pude comprender el porqué de la opulencia y misterio de esta zona de París.

A un lado estaba Le Dôme y al otro La Rotonde.

Me invitó a mirar la carta.

—Fíjese bien.

Me quedé mirando los postres, los helados, las tartas…

—¿Se ha dado cuenta?

—No sé a qué se refiere…

—En París, en aquel París, la vida giraba en torno a los pintores, las modelos, los escultores, los artistas y a una época en la que la vida era en sí misma un monumento. Montparnasse se enriqueció, se volvió próspero, bien iluminado, y bailado, y molido, y exprimido…, hasta se vendía caviar en Le Dôme. El mismo Hemingway lo vivió y lo contó así. Pero yo me refiero a los días previos, al de cafés y restaurantes, al Montparnasse público de casas, estudios, habitaciones de hotel donde se trabajaba sin llegar nunca a abrir las ventanas, donde olía a sexo y a pintura al mismo tiempo. Unos trabajaban y otros holgazaneaban a media mañana en esta calle, a media tarde, a medianoche… A todas horas corría el vino, los pintores, la soledad, los dramas, los éxitos. Lo mismo conversaban sobre cualquier trivialidad y bebían algo que organizaban el mundo entre mujeres bellísimas como las de las fotos. Ellas eran las dueñas de sus destinos. Una de ellas, Kiki, reinó en aquellos días de esas fotos con mucha más fuerza de la que nunca fue capaz la reina Victoria a lo largo de toda su existencia.

—Aquí lo pone —por fin me había dado cuenta—. Copa Kiki de Montparnasse, copa Picasso, ¡copa Modigliani!

—Voilà! Le Dôme era el centro del mundo. Aquí donde nos hemos sentado se reunían todos. Era la esquina con más vida de París.

Seguí mirando el menú de la carta.

—Y… ¿Alice? —pregunté.


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